sábado, 10 de octubre de 2009

EL CINE COMICO

Uno de mis recuerdos cinéfilos más alejados en el intrincado laberinto de mi memoria fue aquel desvencijado cine Avenida de Reus (Cataluña), con el áspero olor de pipas de girasol, butacas descosidas y pantalla amarillenta. Una sala que se me había hecho familiar porque estaba especializada exclusivamente en películas aptas para todos los públicos y que, en mis primeros años, se convirtió en un templo pagano donde adoraba a mis primeros ídolos proyectados en el descolorido lienzo.

El ratón Mickey, el pato Donald, Peter Pan y La Dama y el Vagabundo fueron mis héroes infantiles, unos personajes para mí tan entrañables que marcaron completamente mi infancia. Luego aparecieron otros en mi vida, Charlie Chaplin, Buster Keaton, los hermanos Marx, Stan Laurel, Oliver Hardy y muchos más que llenaban mis horas de alegría y de sueños. En aquel tiempo devoraba impacientemente aquellas reposiciones de cine añejo, y también me encantaba aquel viejecito de voz apagada llamado Pepe Isbert que veía en las películas españolas de antaño.

Ese cine mágico, donde siempre se producía una ruptura con la grisácea realidad cotidiana, que para mí era y es aún poco atractiva, motivaron que yo tuviera un sueño oculto: verme en una película de las mismas características.

Aquel sueño se materializó cuando yo lo creía inalcanzable fue cuando rodé "Un submarino en el mantel" (Un submarí a les estovalles, 1990) de Ignasi P. Ferré, la película que me lanzó como actor, fue cuando ya cumplí los cuarenta abriles.

Este film junto a "Boom Boom" (1989) de Rosa Vergés y "¿Qué te juegas, Mari Pili?" (1990) de Ventura Pons lanzaron el boom de la comedia catalana, género que ha tenido gran aceptación popular pero que no ha tenido continuidad por culpa de una serie de condicionamientos objetivos. El primero de ellos es el desorbitado apogeo de las multinacionales que controlan el mercado fílmico de todo el mundo, asfixiando a las cinematografías nacionales sin excepción.


SALVADOR SAINT


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