EL CINE NEGRO
El abordaje del cine negro, tomando esta definición en su sentido más laxo, plantea algunos problemas específicos -inherentes a la propia enunciación- que se derivan del amplísimo y heterogéneo corpus de películas susceptible de ser contemplado -en primera ins-
tancia y de manera más o menos indiferenciada- bajo una etiqueta que, al mismo tiempo, resulta tan prestigiosa entre las élites culturales como habitual en el uso popular que se hace de ella. Decir «cine negro», según en qué ámbitos, equivale tanto a decir Laura y El
sueño eterno, como Hampa dorada y Brigada 21, cuando no a pensar en El padrino, Fuego en el cuerpo, Érase una vez en América o El silencio de los corderos.
Es evidente, por lo tanto, que cualquier esfuerzo metodológico destinado a conceptualizar con rigor un territorio tan extenso y plural tropezará de inmediato con las múltiples barreras que levanta, frente a la homogeneidad y la cohesión propias de un género ortodoxo, la extrema dispersión referencial, diegética, estilística y dramática que salta a la vista en la primera mirada que se arroja sobre la producción afectada. Por algún sitio y con algún criterio se debe empezar, pues, a desbrozar el paisaje, acotar el territorio y trazar senderos transitables. De lo contrario, la amplitud y la diversidad heteróclita del corpus puede acabar por sumergir en el marasmo de los datos, o del enciclopedismo estéril, cualquier aproximación, por bien intencionada que ésta sea.
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Heredero, Carlos y Santa Marina, Antonio - El Cine Negro
tancia y de manera más o menos indiferenciada- bajo una etiqueta que, al mismo tiempo, resulta tan prestigiosa entre las élites culturales como habitual en el uso popular que se hace de ella. Decir «cine negro», según en qué ámbitos, equivale tanto a decir Laura y El
sueño eterno, como Hampa dorada y Brigada 21, cuando no a pensar en El padrino, Fuego en el cuerpo, Érase una vez en América o El silencio de los corderos.
Es evidente, por lo tanto, que cualquier esfuerzo metodológico destinado a conceptualizar con rigor un territorio tan extenso y plural tropezará de inmediato con las múltiples barreras que levanta, frente a la homogeneidad y la cohesión propias de un género ortodoxo, la extrema dispersión referencial, diegética, estilística y dramática que salta a la vista en la primera mirada que se arroja sobre la producción afectada. Por algún sitio y con algún criterio se debe empezar, pues, a desbrozar el paisaje, acotar el territorio y trazar senderos transitables. De lo contrario, la amplitud y la diversidad heteróclita del corpus puede acabar por sumergir en el marasmo de los datos, o del enciclopedismo estéril, cualquier aproximación, por bien intencionada que ésta sea.
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